Más empatía, menos indiferencia

Los caminos de la vida son muy difícil de andarlos, difícil de caminarlos, yo no encuentro la salida

Omar Geles

Son las diez de la noche. La oscuridad cubre con su manto las calles, un tímido viento me hace recordar que el cierre de la chamarra puede subir un poco más para cubrir el área de la garganta.
Veo venir a tres farolas de distancia una silueta. Los pasos de aquel hombre son lentos, lo acompaña el rechinar de las ruedas de su triciclo que empuja cansado.

Al acercarse me percaté que la vitrina luce casi llena, observo que el varón está derramando lágrimas, le pregunté que si se encontraba bien, se detuvo brevemente y me contestó con la voz entrecortada: —No vendí nada… Mi niño está enfermo, no completaré para sus medicinas—. Me dijo que se llamaba Luis Enrique, vendedor de pan que me encontré hace unos días mientras regresaba a casa luego de haber hecho un poco de ejercicio en un gimnasio cercano.

Le compré varias piezas, lo que traía de efectivo en el bolsillo. Luego de limpiarse las lágrimas con las mangas de su camisa a cuadros, me agradeció contento y continuó recorriendo las calles, observando el horizonte donde un rostro infantil lo llena todo, su razón de vivir, su hijo.
El camino de regreso esa noche fue distinto, yo venía pensando sobre la soledad que me recibiría en casa con los brazos abiertos, el resultado del partido de Santos Laguna del domingo pasado, nimiedades.


El encontrarme con Luis Enrique me hizo reflexionar sobre todos aquellos trabajadores de a pie, que día a día salen a buscar la plata para cubrir las necesidades de su familia ante la indiferencia disfrazada de transeúntes, aquellos que ‘de gallo a grillo’ luchan por sobrevivir en esta sociedad de contrastes donde en el océano del desamparo se alzan las islas del privilegio.
El 20 de febrero del 2012, el entonces cardenal Jorge Bergoglio en su tradicional mensaje por la cuaresma, advirtió sobre los peligros del ‘acostumbramiento’ de la sociedad a la pobreza y la violencia: —‘Nos acostumbramos a levantarnos cada día como si no pudiera ser de otra manera, nos acostumbramos a la violencia como algo infaltable en las noticias, nos acostumbramos al paisaje habitual de pobreza y de la miseria caminando por las calles de nuestra ciudad’—.

La indiferencia ante el prójimo es algo que hay que erradicar de nuestro entorno, la ausencia de valores es cada vez más evidente en nuestro planeta, por ello es importante tener la empatía como bandera.
Apoyemos a todos aquellos que como Luis Enrique buscan de distintas maneras salir adelante, a los que están en los cruceros, a los que venden su mercancía en las calles. Incentivemos también a los operadores de las empresas que muchas veces son menospreciados por sus patrones. Las sonrisas y el buen trato también cuentan, pues muchas veces el obrero tiene más necesidad de respeto que de pan.

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