Serbian Blues

Dondequiera que haya un ser humano, hay una oportunidad para la bondad.

Seneca

          Procedente de Rumania llegué al aeropuerto de Belgrado un viernes de julio del 2019.  Eran las cinco de la tarde, estaba de paso pues tenía que tomar un autobús hacia Zagreb a medianoche. Me dirigí a la oficina de taxis que estaba en el área de llegadas internacionales, que por cierto me recordaba a la de Torreón, era pequeña y sencilla, sin el glamour de otras como en el Charles de Gaulle de París.

Una mujer de edad testamentaria me vendió el boleto que parecía un recibo de rifa entre amigos. Caminé hacia afuera del aeropuerto dónde ya me esperaba el taxista. Cómo casi siempre acostumbro, intento romper el silencio del viaje con alguna charla trivial para hacer más ameno el trayecto, sin embargo, aquel hombre de rasgos duros pero mirada noble, de 60 y pico inviernos hablaba casi nada de inglés, pero si el idioma universal de señas, así que bajó el volumen del estéreo y como pudimos nos comunicamos. Cuando le respondí que era de México, su reacción fue de emoción (cómo en todos los destinos dónde mencionaba a mi país) y rápidamente repetía “mariachi”, “cielito lindo”, a lo cual le respondía afirmativamente y con el corazón ensanchado.

 Su semblante un poco hosco, se transformó cuando mencionó a su hijo, se veía orgulloso, me dijo que se acababa de casar y que tocaba el violín en Moscú, con plena emoción me mostró una fotografía que sacó de la guantera, un chico veinteañero abrazando a una rubia de marfil en medio de una verde pradera y unas letras en serbio que pienso decía “recién casados” o algo así. Nunca había estado en la capital de Serbia y me parecía bonita, un entorno distinto, entre la modernidad y la huella del comunismo de hace unos años.

Llegamos al destino, vi mi reloj y era las siete y media de la tarde. El auto se estacionó en la parte lateral de la central. Me despedí del taxista como si lleváramos años de amistad, se llamaba Dragan, según el recibo que me dieron en la oficina del aeropuerto. Mientras caminaba por un largo pasillo, el lugar me parecía un poco decadente, aunque el vaivén de doncellas altísimas hacía más armonioso mi rumbo, crenchas doradas destilaban estelas de ardientes olores de vainilla, del almizcle y el jazmín.

Al llegar a la ventanilla de información, toqué tierra abruptamente, luego de preguntar por el andén de mi autobús, la encargada en tono prepotente me dijo que en esa central no llegaba esa compañía (Flixbus) y que me fuera. Desconcertado no sabía qué hacer, no tenía datos de internet, no había Wifi, tenía que llamar a la compañía y había que buscar un teléfono para hacerlo. De pronto, veo que un hombre joven y su padre traen las mismas hojas impresas que yo, las pude identificar por el enorme rectángulo verde fosforescente que es emblema de la compañía de autobuses.

Me acerco y por fortuna el hombre de unos 38 años hablaba inglés, me dice que es la primera vez que viaja en esa compañía, que su padre y el son de la ciudad y que iría a la ventanilla para preguntar sobre la situación.  Al volver me dijo que la respuesta fue la misma y se disculpó por el trato descortés de su compatriota, luego llamó directamente a la compañía dónde le dieron los detalles de su viaje y amablemente preguntó por el mío ya que los destinos eran distintos.

*El señor Nikolic, padre de Zoran, el joven que me salvó la noche, en el restaurante de la central de autobuses, Belgrado, Serbia, julio del 2019.

Le agradecí porque me había salvado, y al estar a punto de irme a esperar el autobús en algún rincón, me invitaron amablemente a tomar un café en un restaurante pequeño de la central que más bien parecía set de filmación de alguna película de mafia rusa.

Yo estaba feliz, una muestra más de que en el mundo queda todavía gente buena, pensaba en mis experiencias pasadas dónde tuve la fortuna de conocer seres humanos maravillosos, luego me acomodé en la silla mientras se sentaban mis compañeros de esa noche serbia.

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