San Pedro: Cada calle, un recuerdo

 
 
 
 Sentado en una banca de madera,
 solitario, pensativo, casi vivo,
 escribo estos versos previamente llorados
 por el pueblo que me vio nacer.
 
Aquí los atardeceres son únicos, el arrebol vespertino en el horizonte invita a contemplar con emoción infantil.
Aquí al caer el sol son vividos los colores, las aceras polvorosas perfumadas a lilas y jazmín.
 
Aquí se aprende a resistir, a soportar, a soñar,
también se aprende a ennoblecer, a atemperar ante la adversidad.
Los domingos la iglesia llama a farisaicos y fieles por igual, 
después los paseos son en la plaza principal.
 
San Pedro de despedidas inexorables, pueblo que espera y de júbilo se llena
 en cada bienvenida a los añorantes que retornan a su sitio.

 Ahora, en el conticinio que me acompaña en este lugar,
 derramo una lagrima por aquellos a los que extraño
 y que conmigo no están. 

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