Desbordamiento de solidaridad

La solidaridad es la ternura de los pueblos

Gioconda Belli

Después de seis años, el río Nazas volvió a deslizarse a través del lecho. A su llegada, muchas personas lo miraban con asombro. Muchos jóvenes y niños no habían visto correr el agua por los hostiles terrenos llenos de hierba y basura, los adultos hablaban sobre las anteriores avenidas y los ancianos que vivieron la evacuación de sus hogares en aquel lejano septiembre de 1968, se inundaron de recuerdos amargos y miraban con cierto resquemor a la corriente que bajo los rayos del sol se convertía en un torrente de plata.

    Con el pasar de los días, se tenía información sobre la cantidad de agua que se iba liberando y con ello se liberaba también la incertidumbre de la población que se preguntaba sobre la resistencia de puentes, sobre posibles desbordes. En el área urbana no se tuvieron inconvenientes de consideración salvo la cuarteadura de algunos viaductos. Las más afectadas fueron las comunidades rurales. Muchos sembradíos se echaron a perder, horas de trabajo y esfuerzo que cobró la madre naturaleza y que llenó de lágrimas a más de un campesino.

    En el área de San Pedro de las Colonias, estuvieron en vilo ejidos como Frontera, Zaragoza, Nilo, Mayrán, San Esteban, San Francisco, El Triángulo, Presa de Cleto, Candelaria, San Miguel entre otros. En varios ejidos se desbordó el río y sus aguas estuvieron a muy poco de inundar el patrimonio de cientos de familias. Fue entonces cuando se hicieron convocatorias por parte de los ciudadanos sampetrinos para recaudar víveres, se organizaron cuadrillas de voluntarios a través de las redes sociales, se establecieron centros de acopio. Floreció la unión, la empatía hacia el prójimo.

Ejércitos de jóvenes de todas las edades armados con palas, picos, costales y con un arma letal llamada entusiasmo, invadieron las comunidades en vehículos, arribando en caravanas, encanecidos de polvo y con el alma ardiendo en altruismo. Levantaron bordos, llenaron de tierra y esfuerzo costales mientras otros se ocupaban de cargarlos y llevarlos al otro lado con el fin de reforzar la contención del agua. Incansables nómadas que en un día apoyaron a varios ejidos, yendo primero donde más urgencia se tenía.

No importó el inclemente sol, las incomodidades, ellos dejaron el confort de su hogar a varios kilómetros para entonces transformarse en pobladores del ejido al que estaban ayudando. Al llegar, los habitantes veían con sorpresa y alegría la visita de los voluntarios que se sumaban a cooperar, las amas de casa les ofrecían comida y agua en señal de agradecimiento. Fueron días difíciles sin duda, pero llenos de éxito pues se logró proteger a quienes estaban en peligro.

   Lo más importante y que llena de orgullo, fue ver la gran solidaridad de un pueblo que ha sido golpeado en años anteriores por la inseguridad, que vive con el desdén de ciertas autoridades y que la escasez nunca ha sido una barrera para tender la mano al necesitado. Tuvimos un desbordamiento tremendo en la región, que inundó de misericordia y contagió de espíritu de lucha a cientos de pobladores de este rincón coahuilense, un desbordamiento de solidaridad.

*San Pedro de las Colonias, Coahuila, México, 7 de septiembre del 2016





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